sábado, 26 de febrero de 2011

Rubén

Noviembre, por la mañana.
Imagen cortesía de http://massoco.tumblr.com/
Es viernes, Rubén se ha levantado tarde, si no se apresura no logrará llegar a tiempo a la oficina; el puesto de director de arte de la galería mas reconocida de la ciudad es todo un reto, y sobre todo, un regalo para un joven de su edad; pues tiene que luchar a diario con los viejos tiburones que se sienten amenazados ante la presencia de las ideas frescas y controversiales que presenta.
Se apresura como todas las mañanas a prepararse, adormilado aún, se levanta de su cama, vestida completamente de blanco, camina solamente en su pantalón de pijama de algodón y se dirige hacia el baño a tomar una ducha; su cuerpo se estremece por la corriente de agua que lo recorre, acaricia sus suaves formas con una esponja; no es musculoso, pero tampoco es demasiado delgado; por el contrario, su cuerpo está muy bien formado cada línea perfectamente colocada en su lugar; siempre trata de negarse a sí mismo un hecho que con el tiempo se ha transformado en algo irrefutable; la consciencia que ese cuerpo es fuente de deseo de muchos e igualmente muchos lo han disfrutado. No le teme al sexo, nunca le ha temido; Mientras recorre su cuerpo con la esponja, llega a su sexo, el cual reacciona de inmediato al contacto; ya está, eso es todo lo que necesita, sabe que tiene poco tiempo pero es inevitable, la excitación ha despertado y sin tabúes disfruta de sus propias formas inflingiéndose placer a sí mismo sin dudar por un segundo; no solo se masturba, sino que recorre cada centímetro de su piel activando todas las zonas erógenas que conoce en sí mismo, no siente pena, goza de su miembro y su mano rápidamente se desliza hacia su ano el cual acaricia con suavidad, no teme, juega con él, disfruta del placer que le provoca sentir como uno de sus delicados dedos se introduce en su propio cuerpo, los minutos pasan y el placer es cada vez mas intenso, de pronto sin poder controlarlo, todo se vuelve oscuro, y las sensaciones se desbordan en su máxima potencia como si la compuerta de una represa se abriera de repente dejando salir las corrientes de agua que contiene en una celebración que pareciera no tener fin; luego de esos minutos de goce pleno, las luces de la realidad vuelven poco a poco y las imágenes vuelven a ser claras, el agua a través de su cuerpo, el vapor en su baño, la paredes lisas y frías, y el tiempo, si ese tiempo que corre y que apremia para que Rubén se apresure para estar listo a tiempo, de lo contrario el metro de las 6:30 de la mañana se irá y llegará tarde a la oficina, un lujo que en este momento no puede darse. Sale rápidamente de la ducha y enciende la máquina de preparar café, y se dirige a su cuarto, sabe que no podrá dejar su cama tendida como acostumbra todas las mañanas, se coloca pieza por pieza la ropa del día, su impecable personalidad se refleja en su atuendo, un bello traje azul hecho a la medida, contrastado por una camisa de color rosa y una corbata de un magenta intenso, como el de las orquídeas que crecen en el jardín que cuida con esmero todas las noches, remata con un par de zapatos de un negro lustroso como la noche  y su peinado perfecto en un cabello muy corto de color negro que cierra la combinación.
No tiene tiempo para desayunar, así que toma rápidamente su taza de café y sale directo a tomar el tren, sale de su apartamento, un hermoso piso ubicado en el centro de la ciudad se encuentra a escasas tres cuadras de la estación, por lo que sabe que si se apresura llegará a tiempo para tomar el metro.
Así son las mañanas todos los días, salir de un apartamento solitario hacia un trabajo que a pesar de ser deseado por muchos, a veces resulta una carga y una lucha sangrienta con los artistas expositores y sus engreídos mecenas. Rubén llega apenas a tiempo pues ya el sonido de la bocina del metro se oye a lo lejos; al llegar camina apresuradamente pero sin perder la compostura para abordar, solo lo distrae por un segundo un rostro desconocido en la ventana, logra observar a través de sus lentes oscuros a la moda el rostro de un hombre maravillosamente bien formado, vestido de forma impecable, lleva un abrigo negro que contrastaba con una hermosa camisa de color rojo vino; le llamó la atención por dos razones la primera porque nunca lo había visto en ese tren, y segundo porque su forma de vestir era particularmente irreverente lo cual le producía una gran atracción. Sin darse cuenta y como si un imán lo atrajera, se encontró sentado a su lado. Le observaba discretamente mientras se decía a sí mismo: ¿Que estoy haciendo? Me había prometido a mi mismo no volver a interesarme en nadie mas. ¿No he sufrido bastante? Sin embargo verlo era inevitable; era demasiado atractivo, demasiado deseable, en un momento noto que el extraño al cambiar de posición se abrió el abrigo y dejo entrever a través del traje unos pectorales exquisitos que se marcaban perfectos a través de la camisa; en ese instante, sintió como una mirada fría le era devuelta por parte del desconocido, una mirada llena de indiferencia e incluso un poco de arrogancia; al sentir esa mirada distante Rubén sintió miedo, y enojo; nunca antes alguien lo había observado con indiferencia. ¿Quién se creía ese extraño? No estaba seguro de haberlo visto en algún bar o discoteca, de todas  formas esa era la forma menos probable que Rubén lo recordara pues no era muy adepto a las costumbres que encerraban el ambiente gay de su ciudad, estaba acostumbrado a conocer a sus parejas –sexuales o formales– en fiestas privadas y en cenas de amigos, donde siempre surgía algún interesado en conocerle.
La indignación de un rechazo al cual Rubén no se encontraba acostumbrado fue tan grande que optó por comportarse de la misma manera, se levantó se sentó frente a él y lo miró fijamente sin que le importara se este se molestaba con la acción. Pasaron los minutos y el desconocido parecía ni siquiera inmutarse con la mirada penetrante de Rubén en la que dejaba ver su furia, pero que en el fondo reflejaba un vacío que el extraño no comprendía.
De pronto, y después de varios minutos de insistencia, parecía que la mirada de Rubén empezaba a hacer efecto sobre el extraño, este, sentía como lo miraba desde el rabillo y cuando no pudo mas rompió el incómodo ambiente de silencio que había invadido el tren:
      Hum! Lindo traje.

Perplejo, Rubén no supo que contestar y en un arrebato de inmadurez propia de su edad solo alcanzó a decir:
      Gracias. Eres muy amable.
      No tienes porque –Contestó el desconocido– Me llamo Camilo por cierto y la verdad me siento muy incómodo de viajar con tu mirada clavada en mi. ¿Te conozco de alguna parte?

Rubén que no daba crédito a las palabras de Camilo, sintió una punzada de indignación en su interior por lo que contestó:
      Me he estado haciendo la misma pregunta. Estoy acostumbrado a las miradas frías todo el tiempo, pero generalmente conozco a mis enemigos.
      ¿Enemigos? Vaya debes ser una persona muy complicada para tener enemigos a tu edad.

El tema de la edad siempre era un tema álgido para Rubén, pues luchaba todo el tiempo tanto en su trabajo como en su vida íntima para demostrar que a pesar de su juventud era capaz de manejar muchas cosas mejor que un adulto.

      Pues si soy muy joven, y en el corto tiempo que he vivido he logrado mucho mas que la mayoría de los hombres que he conozco.
      ¿Y conoces muchos? –Preguntó Camilo, ya no con una mirada distante, sino mas bien con un interés morboso– Me imagino que alguien como tú debe ser bastante conocido.
      ¿Disculpa? ¿A qué te refieres con ese comentario?

Camilo notó que el comentario que había hecho sobrepasaba los límites de la cortesía y buscó la manera de resarcir rápidamente su error.
      Perdona, tal vez no supe explicarme adecuadamente, me refiero que un joven con una apariencia tan agradable como la tuya, debe manejarse en medios donde es conocido por muchas personas.

Rubén entendió de inmediato, pero su consciencia fue mas fuerte en recordarle la promesa que se había hecho a sí mismo de no involucrarse mas con nadie, de pronto se dio cuenta que llegaba el momento de bajarse del tren con lo que se sintió aliviado y buscó como terminar la conversación con Camilo.
      Estamos llegando a mi estación, ha sido un placer conversar con usted… ¿Perdón, cual era tu nombre?
      Camilo –Dijo en medio de una sonrisa encantadora– Y disculpa si te hice sentir incómodo, no soy muy bueno expresándome ante desconocidos, mas si estos atraen mi atención. Y perdona que sea tan atrevido, pero quisiera poder volver a verte algún día.

Por la cabeza de Rubén pasaban una infinidad de pensamientos, pero su corazón que había quedado prendado del desconocido, Camilo, actuó primero que su razonamiento y le obligó a darle a este su número de teléfono.
      Esta es mi tarjeta, si te interesa podemos tomarnos un café.
En medio de una sonrisa de alegría que a pesar de discreta era notable, Camilo tomó el trozo de papel que contenía el número de aquel jovencito exquisito que no le quitaba la mirada, a lo cual contestó – Es seguro que te llamaré para tomar ese café.

Rubén salió del tren y se perdió en medio de la multitud, por un instante se detuvo para buscar a Camilo, y pudo darse cuenta que este le seguía con a mirada desde la ventana del tren, a lo cual lo único que hizo fue despedirse con un gesto de la mano, dar la vuelta y seguir con su camino.
Mientras avanzaba su cabeza se vio invadida por una multitud de pensamientos, no podía creer lo que había hecho, se puso a pensar en si la gente de otros asientos había notado la intensa conversación de ambos hombres o si el hecho de darle el número de teléfono como el más fácil del mundo había sido evidente para alguien mas.
De pronto se giró y notó como una señora lo miraba fijamente y con una mirada inquisidora, de pronto recordó que ella se encontraba sentada a su diagonal en el tren y que la había determinado lejanamente debido a su peculiar peinado que evidenciaba un abuso de los aerosoles para fijarlo. Lo único que acató fue devolverle una sonrisa y desearle un buen día mientra siguió su camino.
Caminó por las calles de…. Llegando finalmente a la puerta del edificio donde se encontraba, estaba a punto de ingresar y saludar a su amiga Marcela cuando la vibración de su celular lo detuvo; efectivamente era Camilo.

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